
Con dos nominaciones a los Grammy y más de una veintena de discos publicados (colaboraciones aparte), el estadounidense Andrew Bird es un músico verdaderamente especial, alguien que ha sido capaz de convertir sus raíces -sean estas de folk o de swing- en un conglomerado contemporáneo y experimental, siempre muy respetuoso con la tradición, pero nunca claudicando ante ella, siempre buscándole las cosquillas.
Aclamado internacionalmente como multiinstrumentista (en especial, al violín), vocalista y silbador (sí, silbador), Bird va a girar en los próximos meses en formato de trío, acompañado a la batería por Ted Poor y al bajo por Alan Hampton, una sección de ritmo magistral, para bajo la denominación de The Andrew Bird Trio presentar su disco “Sunday Morning Put-On”, publicado en mayo de 2024 (en el sello Loma Vista Recordings) y concebido como un homenaje a los pequeños grupos de jazz de mediados del siglo pasado y al Great American Songbook. Un trabajo íntimo en el que Andrew, que focaliza buena parte de la atención en su voz, recuerda con su susurro a una fantasía de Chet Baker evocando el cancionero de Cole Porter, Duke Ellington, Lerner & Loewe y Rodgers & Hart, entre otros.
Sobre el intríngulis de este proyecto, Bird ha comentado lo siguiente: “Cuando tenía veintitantos años viví en un antiguo apartahotel en el barrio Edgewater de Chicago. Era barato y estaba habitado principalmente por sacerdotes y monjas jesuitas jubilados de la cercana Loyola University. El gimnasio tenía viejas bicicletas Schwinn de diez velocidades colocadas sobre bloques de hormigón donde pedaleaban pelotones de rentistas pobres, una antigua piscina donde tocaban ópera y una sala de vapor que funcionaba como club para la mafia rusa local. La mayoría de los sábados por la noche me quedaba despierto escuchando un programa de radio llamado 'Blues Before Sunrise' en la emisora WBEZ, desde la medianoche hasta las cuatro de la madrugada. El DJ, Steve Cushing, ponía viejos y raros discos de blues, jazz y gospel de 78 rpm. Luego dormía unas horas y me despertaba con el programa de Dick Buckley, también en la WBEZ, que pinchaba lo que él llamaba jazz de la Era Dorada, todo de las décadas de los treinta y los cuarenta. Así que, a partir de ahí, mi amor por cierta era del jazz, digamos que la que llegaba hasta mitad del siglo XX, ha sido una constante que he ido mostrando a través de muchas transmutaciones en mi propio trabajo, la mayor parte del cual no es jazz en absoluto. Pero una vez que he podido poner cierta distancia entre mí persona y aquel momento en el que estuve bajo su hechizo, he querido sumergirme en él nuevamente”.